Poquer clandestino:la mano que les da de comer

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Son casi las 8 de la noche de un viernes y el celular de Carlos Escobar no deja de sonar.

"Sí güey, tengo juego esta noche, hasta ahorita hay 11 jugadores. ¿Por qué? ¿Le quieres entrar?", dice Escobar —nombre ficticio porque pidió el anonimato— a quien está al otro lado de la línea. "Órale pues, date prisa para comenzar; espérate, tengo otra llamada. Hello? Sí, más o menos a las 9 comenzamos; ya tengo la mesa llena, pero vente de todos modos, güey", le dice a la persona de la segunda llamada.

En casa de Escobar se preparan para una larga noche de póquer. Su esposa cocina carne en BBQ con puré de papá para los invitados, que están a punto de llegar.

Pero no es una simple reunión de amigos que se divierten jugando a las cartas. Escobar maneja una pequeña casa de juego en el garaje de su propia vivienda y es una actividad que le reditúa tan buenas ganancias que desde hace siete meses es su trabajo de tiempo completo. Las visitas, a su vez, van a apostar de verdad, buscan ganar y muchas veces pierden y se endeudan.

El fenómeno de las casas de juego que se instalan de manera clandestina en viviendas particulares o locales en pequeñas plazas comerciales de Houston está en boga y cada vez atrae a más gente.

La policía dice desconocer su magnitud y no saber cómo encarar el crecimiento de esta actividad ilícita que a unos da dinero para no tener que trabajar en otra cosa y a otros les quita parte de su salario. Una noche reciente en la casa de juego de Escobar, una pareja perdió $300 en menos de dos horas.

Marc Brown, funcionario de la Fiscalía de Distrito en la división de delitos menores, dice que no es ilegal jugar al póquer por dinero en una casa mientras el ganador se lleve todas las ganancias y nadie cobre para que se lleve a cabo el juego. "Es ilegal cuando se apuesta en un lugar público y [también] cuando gana dinero la persona que está organizando el juego", dijo Brown.

En una noche normal en casa de Escobar los jugadores tienen que pagar $5 por participar en cada mano y pueden comprar tanto o tan poco dinero en fichas como deseen. Si se trata de un torneo, en el que hay más dinero en juego, cobra $25 por entrar y la cantidad mínima que cada participante debe comprar en fichas son $100.

Si la policía descubre un juego clandestino en una casa y arresta jugadores, éstos reciben una infracción clase C y el organizador una clase A. La multa para quien juega podría ser de $500 y para el organizador, un año de cárcel.

"Si podemos comprobar que las personas que organizan [las jugadas] han estado lavando dinero y han adquirido sus propiedades con ese dinero, el cargo ya se convierte en un delito que puede terminar en dos años de cárcel", dijo Brown, de la Fiscalía de Distrito.

Vivir del juego

Antes de abrir su propio negocio, Escobar trabajaba como repartidor para una empresa de alimentos. "Vivo del póquer; antes repartía mercancía por toda la ciudad y era muy pesado. Traté de hacer las dos cosas pero no pude, comencé a fallar al trabajo y antes de que me despidieran preferí mejor renunciar ", explicó Escobar, de 32 años.

Escobar transformó la cochera de su casa en un cuarto que parece un casino. La vivienda, que compró hace año y medio, está en un nuevo barrio de la ciudad donde la casa más barata vale $150,000. La entrada del garaje fue tapada con tabla roca. Hay dos mesas grandes donde pueden jugar 12 jugadores en cada una y un estante donde se guardan las cajas de fichas.

Las paredes están adornadas con cuadros de películas como Scarface, Uno de los nuestros y El Padrino. Hay una televisión, una mesa con golosinas y un refrigerador repleto de cerveza, botellas de agua y refrescos. Alimento y bebida son gratis para los jugadores. "Trato de mantener contentos a mis jugadores; más o menos me gasto unos $80 en comida y cerveza pero la inversión vale la pena", dijo Escobar.

La noche del viernes pasado, Escobar ganó $950 en efectivo y $500 en préstamos que hizo a otros jugadores. El domingo, cuando organizó un torneo, ganó $1,100 en efectivo y $600 en préstamos.

Sus clientes, como él llama a los jugadores que van a su casa, comienzan a llegar a las 9 pm. "¿Cuánto van a querer?", pregunta Escobar a los primeros cinco que llegan. Algunos ni siquiera han ido a cambiarse y aún traen puesto el uniforme de trabajo. Uno es repartidor de una compañía de mensajería, otro es mecánico automotriz.

"Yo quiero $200", dice uno mientras le entrega el dinero a Escobar. "A mí nada más dame $100", le dice otro. A cambio del dinero Escobar entrega las fichas y los jugadores toman su lugar en la mesa para esperar a que lleguen los demás. En pocos minutos la mesa se llena y el dealer está listo para tirar las cartas. Comienza el juego.

En menos de dos horas un matrimonio ha perdido $300; otro jugador lleva una ganancia de $150.

El teléfono de Escobar no deja de sonar toda la noche y cuando se abre un espacio en la mesa por el retiro de un jugador, se lo hace saber a la gente que llama. Escobar dice que tiene un grupo de unos 60 jugadores que vienen a su casa.

La mayoría de jugadores son hispanos de entre 23 y 45 años; también hay anglos y afroamericanos. Y como no todos los jugadores hablan español, ese idioma está prohibido en la mesa de juego.

Pasadas las 11 pm, la esposa de Escobar acaba de servir comida a los jugadores, se lleva a las dos hijas de la pareja al segundo piso y deja a su esposo con el negocio.

Durante los juegos, la tensión llega a un punto en el que parece que va a haber pelea porque algunos jugadores consideran que otros quieren tomarles el pelo. Escobar carga una pistola durante las jugadas porque admite que a veces, cuando hay mucho dinero en la mesa, las cosas se pueden poner tensas. Además, tiene miedo de ser robado.

"Nunca falta alguien que diga a otras personas que hay dinero en tu casa y se quieran pasar de listos", dijo Escobar, oriundo de Matamoros, Tamaulipas.

Escobar tiene tres juegos por semana: miércoles, viernes y domingo. El viernes es el día fuerte; a veces se juega en las dos mesas. Los fines de semana organiza torneos, en los que garantiza una ganancia mínima de $1,000. Con las cuotas de éstos se pagan los premios, pero como pueden durar hasta 10 horas la casa se queda con el excedente generado por las entradas que se pagaron por jugar en el torneo a lo largo del día.

Cada noche de póquer en casa de Escobar se juega un promedio de nueve horas. Escobar contrata dealers profesionales para llevar a cabo el juego; ellos ganan con las propinas que les dan los jugadores.

Peces de todos tamaños

Escobar dijo que hay una gran comunidad de jugadores y que como él existen muchos que hacen juegos en sus casas. Dijo que conoce decenas de personas que tienen juegos en sus hogares y comentó que se apoyan mutuamente asistiendo a las partidas de otros cuando no tienen juegos propios ese día.

La policía admite que no tiene mucho conocimiento de estos juegos clandestinos porque son muy difíciles de detectar. "Si la gente no los reporta es muy complicado que los podamos encontrar", dijo Charlie Vázquez, agente de investigaciones en delitos contra la salud (Vice squadron) de la Policía de Houston.

"Nos damos cuenta de estos juegos cuando se dan actos violentos", explicó Vázquez. "Por ejemplo, alguien que se siente robado va y ajusta cuentas por sí mismo, ya que no puede acudir a la policía porque anda haciendo algo ilegal y [por lo tanto] se arman peleas o, en algunos casos, balaceras".

Pero no todos los negocios de juego clandestino son a pequeña escala. "Hay lugares más grandes y donde se juega más dinero pero operan en lugares públicos y es mucho riesgo [jugar ahí, por el mayor riesgo de robo o de que el lugar sea descubierto por la policía]. Por eso mucha gente prefiere hacerlo en la casa de alguien", dijo Escobar, quien está a punto de asociarse para abrir otro juego en la casa de un amigo.

Brown, de la Fiscalía de Distrito, dijo que ha habido un aumento en los juegos de póquer que se llevan a cabo en lugares públicos como pequeñas plazas comerciales. "Hemos encontrado más casos de póquer ilegal en pequeños centros comerciales. En el último año hemos detectado cuatro que fueron procesados en corte", dijo Brown.

Sin embargo, admitió que las autoridades no tienen idea de lo grande que es el problema ni de cuántas casas de juego clandestinas existen.

Una de ellas, que RUMBO visitó, está ubicada en un centro comercial donde también hay una tienda de ropa, un restaurante, un sitio de helados y una mueblería.

Los vidrios del lugar están polarizados y en el exterior, sentado en un banco, el hombre que vigila la entrada abre la puerta luego de reconocer a Escobar.

Al entrar hay un pasillo oscuro y una puerta que al abrirse revela lo que hay escondido en su interior: tres lujosas mesas de juego repletas de jugadores que disputan un torneo, pantallas de plasma sintonizadas con juegos de fútbol americano y un hombre que cobra y entrega fichas.

En su mente, Escobar probablemente guarda la aspiración de que, algún día, su casa de juego pueda dejar atrás la cochera de su casa para convertirse en un lugar así.

Fuente: Rumbo Noticias

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